Cosas de Xuan: Nos mienten, nos torean… y nosotros aplaudimos entusiasmados

Desde hace una temporada, nuestro amigo Xuan anda con el humor cambiante. Tanto por su enfermedad, de la que hay dimos aquí buena cuenta relatando su peripecias con el urólogo en su primer acercamiento al hospital cangués, como por el estado un tanto pachucho en que se hallaba su amigo Pasquín. Si a ello añadimos que el Cuntapeiro tampoco se halla muy allá tendríamos el cuadro completo de la situación en que se encontraba, y se encuentra, el nueso Xuan.
Estaba convencido de que en el Hospital le cayeron encima de un golpe, los años que habían trascurrido desde que cumplió los sesenta y cinco hasta marzo del pasado año en que llegó a los setenta y ocho. Fueron trece años que le cayeron de golpe haciéndole envejecer, y que le cayeran encima, con todos los achaques que esa edad corresponde, en un plis-plas.
Quizá por ello llevaba peor la situación actual de las cosas y la sinvergonzonería con que unos y otros, regidores y políticos en general, se enfrentaban a las situaciones y nos tomaban a todos por tonto útiles, precisaba en sus peroratas. Y le sacaba del todo de quicio cuando comprobaba que los seguidores de unos y otros aplaudían y compartían a rabiar cualquier bobada, barbaridad o grosera mentira, que de aquellos procediese. Y lo hacían, explicaba, aún cuando comprobaban in situ que ello no tenía nada que ver con lo que realmente estaba sucediendo.
En estas últimas fechas incluso apagaba la televisión, estuviese en la cadena que estuviese, cuando comenzaba el telediario. Aseguraba que no aguantaba ni quería aguantar la descarada relación de los políticos con el lenguaje. “Lo prostituyen consciente y deliberadamente para hablar y hablar y no decir nada, para mentirnos y hacernos creer que son todos como Padre Santo hablando ex cátedra desde el balcón del Vaticano. ¡Mala centella los caiga!, cerraba su intervención cabreado.
Y es que Xuan, pese ha haber vivido siempre en la aldea, era un hombre leído. De los seis a los catorce años, había asistido a la escuela de don Faustino, un maestro de los de antes que, amén de lo habitual en la enseñanza general como Matemáticas, Lengua, Ortografía o Historia, les hablaba de urbanidad, comportamiento, solidaridad, respeto a los mayores y, sobre todo, a la verdad. Después siempre continuó leyendo, incluido el periódico diario aunque, por estar en el pueblo, siempre le llegaba con notable retraso
Hasta les explicaban en la escuela cómo había qué ceder la acera a los mayores y circular por la derecha, o ceder el asiento en el autobús a éstos o a las mujeres embarazadas aún cuando todos, maestros y alumnos, eran conscientes de que nunca tendría ese problema ni en el concejo ni tan siquiera en la villa. Y en estas bases de su personalidad radicaban sus cabreos ante la situación actual, de ésta y de la no consciencia y sí aquiescencia de los ciudadanos ante ello.
-Pasquín estoy muy preocupado, cualquier día entre unos y otros nos anulan la personalidad y el raciocinio y, mucho me temo que hasta nos quitan el humor.